Hospital.
Día +4.
Ana lleva unas babuchas verdes, una bata azul, una mascarilla blanca y un gorro tapando su pelo recogido. Le sienta perfecto. Ahora mismo es ella la que teclea en el portátil mientras yo le dicto. Mis valores hematológicos por fin se han desplomado. Eso ha provocado que desde ayer haya que entrar en la habitación con esa especie de escafandra como la que lleva. Como era de esperar, soy otra vez un niño burbuja, pero esta vez no sólo no veo sonrisas, sino que apenas puedo ver los ojos de la gente. Es curioso mirar como en esa especie de cubículo que hace de antesala de mi habitación, la gente se va equipando con la ropa protectora durante un ratito antes de entrar. Apenas puedo mirar el interior de esa antesala por un cristal rectangular que hace las veces de claraboya. Me encanta ver a Ana cada vez que entra o sale haciéndome algún gesto o una mueca para arrancarme una sonrisa.
Hace dos días me empezó una hemorragia en la nariz que aún no han logrado detener. La causa probable es la casi inexistencia de plaquetas en mi sangre. Mi boca, mi garganta y mis mucosas en general se deterioran con rapidez. Me duele la tripa. Me duelen los huesos y los músculos. Todo esto era de esperar, incluso es normal. Trasfusiones de plaquetas, sangre, una infusión continua de morfina y haber empezado con la nutrición vía intravenosa, mitigan en cierta manera todos los incómodos síntomas a los que me he referido.
Es verdad que las aguas se han agitado, pero estoy convencido de que la zozobra de la nave sería mucho mayor de no ser por la magnífica tripulación que la conduce. Queda mucho hasta llegar a destino, pero nosotros seguimos adelante.